En la jornada de este domingo se nos fue un cacho de la historia de la pesca de Tandil, una actividad que en los últimos años siente la partida de muchos que la hicieron grande. Hablamos de Ramón García, quien partió a pescar estrellas a los lagos del cielo, pero antes nos dejó muchas enseñanzas y un ambiente cañofilo que lo va a extrañar mucho.

Lo conocí hace poco más de una década, cuando me metí en los concursos y descubrí a aquel famoso Ramón que leía en las crónicas del diario. Pude indagar más de él, en El Piojo, dónde tuvimos el gusto de tener algún disco y parrilla de sus creaciones. “Mientras no le prendas el carbón arriba, tenes parrilla para toda la vida”, me recomendó cuando me entregó mi parrilla hace 10 años y que hoy me sigue acompañando en cada churrasco, al igual que su disco. Una persona con la que compartí muchos momentos a la vera del lago, era de esos que te abría la caja de pesca y también sus historias. Imborrables sus lágrimas cuando una tarde le contaba de la recuperación del Club de Pesca Tandil, su casa, aquella institución que fue su salvación en momentos difíciles, y que, con el tiempo, dejó de ser lo que era. En esos primeros días que formé parte, lo vimos aparecer una tarde de sábado, y allí, viendo al club renacer, dejó caer una lagrima de emoción. “Vos no sabes lo importante que fue la pesca, el pescador y su familia para mí”, me dijo Ramón, uno de los que forjó aquel reducto de calle San Lorenzo, y también en el recordado camping en el lago. Un nudo en la garganta nos atravesó a más de uno aquel día, dónde vimos a un hombre feliz por ese volver a vivir de la institución, contándonos mucho acerca de ese lugar y dejándonos alguna anécdota risueña. ”Ese que va a levantar un ladrillo”, recordaba, ante alguna consulta particular antes de pegar la vuelta.


Con la excusa de pescar recorrió la provincia, miles de anécdotas e historias imborrables, muchas que iremos descubriendo con el tiempo, ya que es de aquellos a los que no se los olvida fácilmente. No había ámbito dónde no se le animará, el mar, la laguna o el río, como aquel Quequén dónde participó en los últimos años, hasta que partió el compañero de ruta a otros lares. O nuestro lago, aquel que lo tuvo como referente. “Yo soy de la vieja guardia, no hay mucho para inventar”, me dijo ante mi interés en su línea de fondo que hacía la diferencia una mañana invernal y ganaba el torneo. Siempre los veteranos hacían la diferencia a fondo, ahí no había discusión, y en esa modalidad aparecían los “viejos”, como me gusta decirles con cariño a estos referentes, para ganar o pelear arriba. Y en ese Centro Náutico del Fuerte, tuvo un reconocimiento que, otra vez, le lleno los ojos de lágrimas. Aquella copa “Viejos Amigos” que se instituyó en honor a Miguel Isern, Alberto Tripodi, Blas Santisteban, Carlos Pereyra y Ramón, un evento que disfrutó en las cuatro ediciones que se realizó, ya que la pandemia, impidió la última, pero que le dio en vida, otra alegría. Esa pesca que era su vida, le tenía un último regalo, el pasado miércoles 3 de noviembre, cuando se recuperó oficialmente el Club de Pesca, y él, allí estaba, para emocionarse, para firmar el libro y para sentirse feliz.

Se fue físicamente Ramón, pero seguirá presente en cada concurso, en cada reunión en el club y en cada momento que tiremos una caña. Ahí se nos aparecerá y nos robará una sonrisa. No puedo no imaginarlo con la caña en la mano, llegando al cielo y ya pensando en pescar en ese mar raro, lleno de nubes y dónde ya lo esperaban tantos amigos que se le adelantaron, como él hizo con nosotros.
Hasta pronto Ramón. Gracias por haber dejado una huella por acá.
Jorge Virgilio
Planeta Pesca