Por Wilmar Merino- Especial para www.planeta-pesca.com.ar

Estimados amigos de Planeta Pesca, mi primer encuentro con esta especie me marcó para siempre una profunda admiración por estas perfectas máquinas de cazar. Fue en la vieja sede Chavarri de la Asociación Argentina de Pesca, donde tras cobrar un bagrecito, lo venía trayendo despacio, como a desgano. Y al terminar de recoger, lo dejé sin sacar del agua casi en superficie, jugando, viendo como infructuosamente el siluro trataba de zafar del anzuelo. Fue entonces cuando el pez fantasma apareció de repente, tomó el bagre y partió como una flecha en dirección opuesta a mi posición. Nunca olvidaré esa llevada, que hizo chirriar los engranajes de mi cascoteado reel “Esimar”, y el acto final de la despedida, saltando con todo su cuerpo fuera del agua y quedando suspendido un instante, como esos grandes cabeceadores que tienen el don de acertar con el timing justo para impactar el balón varios centímetros encima del suelo en el momento adecuado.

Desde aquella frustración inicial, solo quise una cosa: pescarlos. Aquella olla con salida de agua caliente de la vieja compañía Italo donde yo le pescaba bagrecitos a mi papá para el doradero, también concentraba varios pescadores señueleros precisamente en la salida del agua caliente, donde sacaban dorados, surubíes y manduvas. Muchos de aquellos personajes, son hoy grandes amigos. Comencé a acercarme a ellos, ver sus cañas, sus reeles, y sobre todo esos señuelos que parecían ser la llave para cumplir el sueño de pescar los ansiados chafas.
Ya adolescente, devenido en novel pescador en spinning (el bait no estaba en los planes de nadie, salvo en un avanzado Alberto Juan que había “importado” la técnica de Brasil y venía al club con viejos reeles de esa modalidad), se repitió muchas veces aquello de “pique, pelea, salto y fuga”. Y si bien comencé a cobrar algunos, las mas de las veces era porque uno de los triples le pegó en el cachete o lomo. Así, los chafas, seguían siendo una obsesión.

Sobre finales del verano y antes de que se afirme el pique de pejerrey, por estas partes del Río de la Plata afloran cardúmenes de chafas chicos que muchas veces son detestados por los pescadores de flechas de plata, pues les producen cortes de brazoladas al tentarse con las mojarritas o filets con los que los amantes de las de 4 metros buscan sus primeras capturas de cada temporada. Para mí, esos chafas, muy voraces, eran mi oportunidad de seguir sumando horas de vuelo con la especie. Usaba sonares chiquitos, pequeños señuelos Little Mann, pequeños Rapala o Cisco Kid a los que le poníamos una plomadita pasante delante del leader (recuerden que en esa dársena pescábamos desde arriba y costaba hacer funcionar los señuelos en profundidad). Un día, aprovechando un tanque heredado de mi padre quien también me pasó la tradición del acuarismo, se me ocurrió una idea: tener un chafa en cautiverio, hasta ver cómo cazaba. Llevé en mi siguiente excursión un tacho de 2 litros al que llené con agua del río y me puse a señuelear. Diez minutos después logré un chafa chicuelo que vino con un triple puesto en la nuca. Lo mandé al tacho y volví a mi casa tan rápido como pude. Lo solté en la gran pecera (de unos 200 litros), con azul de metileno para mar hongos y desinfectar su herida. Y le armé profusos refugios con elodeas para que tuviera la chance de esconderse. Lo dejé allí un par de días, sin encenderle luz artificial, acostumbrándose a su nuevo hábitat y la tercera mañana le eché unas mojarras vivas. Me senté un par de metros atrás a esperar y observar.

Eh chafa, casi siempre tiezo entre sus elodeas, comenzó primero a hacer movimientos nerviosos con sus aletas pectorales. Finalmente decidió salir del refugio y produjo el esperado ataque. Grande fue mi sorpresa al ver que en un corto acelere y con un movimiento certero ensartó a su primea mojarra con gran facilidad. Pero no la tragó. Pese a estar hambreado, se paseó con la misma entre sus fauces un buen rato, como de dos minutos. Y al fin, un sacudón de su cabeza y la mojarra desapareció en el interior de su boca. Rato después de presenciar esa escena, no vi a las otras dos mojarras y nunca supe como se las comió. Pero tuve ese chafalote hasta el siguiente domingo donde volví al río y presencié varias veces esa escena: ataque, paseo con la víctima y finalmente el engullido. Mi conclusión fue que el pez caza cuando tiene la oportunidad, pero solo traga cuando se asegura que la presa está muerta.Hoy agrego otra teoría: el chafa es un cazador de correntada y suele estar rodeado de otros chafas. Seguramente, como ocurre con tantas otras especies, un pez no dudará en birlarle su presa a otro que ya se tomó el trabajo de cazarla. Acaso el chafa, entonces, cace cuando tiene la chance y coma cuando tiene la seguridad de la presa absolutamente vencida y en ausencia de competidores.
Bueno amigos, espero no haberlos aburrido demasiado con mis afiebradas consideraciones, pero en la idea de compartir saberes y experiencias no puedo apelar a otros que a los míos. Espero leer las de ustedes y seguir aprendiendo cosas de esta magnífica especie.