Como un diario personal, las anotaciones de un simple cuaderno de escuela marcan paso  a paso la formación de un pescador. Lo importante es tener buenas oportunidades para observar. Dónde tirar la línea, qué boya usar, cómo encarnar… Nadie nace sabiendo. Recuérdelo. Y, mejor, escríbalo.

Se aprende mirando. A lo largo de más de 35 años en la pesca, siempre me dio más resultado mirar, observar y pulir mis errores o aciertos. Y todavía hoy es así. Es de esta manera y no otra, que uno adquiere su método, su técnica individual. Su estilo propio, al fin.

Pues la pesca es algo muy personal. Si se vive realmente lo que se hace, y se trata de pescar y de hacerlo como se siente, cada aficionado pesca de una manera distinta. Eso se logra, claro está, después de un proceso en el que de aprender los principios básicos se pasa a un paulatino perfeccionamiento, que requiere tiempo, paciencia y bastante atención. Yo mismo fui mejorando mis técnicas a través de muchos años. Hasta que un día decidí que sabía algo como para poder decir “ahora mando yo”.

Estaba equivocado, sin embargo : Todos los días se aprende y jamás se dejará de aprender. Hasta el mejor de los pescadores podrá tener más experiencia cada día, pero nunca podrá saberlo todo. Eso ocurre en cualquier tipo de pesca, pero más que nada en la del pejerrey.

El concepto de mayor importancia a comprender es que la actividad se practica en la naturaleza. Y ella, muy sabia en su constante juego de equilibrios, se encarga a la perfección que no todos los días resultan similares. Se asemejan, pero jamás son iguales. Puede que soplen los mismos vientos y haya idéntica humedad, pero la altura de río será otra. O tal vez aquellos tres factores se mantengan invariables, pero el río o la laguna estarán arrastrando resaca, presentando una correntada distinta. Puede haber luna llena, cuarto creciente o menguante…. Absolutamente todo impone diferencias.

Tenía apenas 7 u 8 años cuando lo aprendí. Por entonces iba a pescar a la Costanera, donde casi siempre encontraba a un señor mayor, don Tomás. De él adquirí miles de cosas. Pero un día, volviendo en el colectivo con mi padre y hablando de pesca como siempre, me dijo: “Mira que si venís mañana es diferente: esto es como un tablero de ajedrez, donde conoces cuál es la apertura del rival, pero no sabes si la va a seguir respetando, o va a hacer una variación. El río siempre presenta variaciones”. Mi padre lo repitió varias veces…. ¡ y por supuesto que tenía razón¡.

Entonces aprendí a observar. Me ponía al lado de las personas grandes que veía siempre el río. Yo hacía la acción de tirar, pero sobre todo miraba: a don Tomás, a don Tito, a Mariano, Potino, Lepe, Ronzalito, Altura. Y trataba de seguirlos.

Pero…. Un día, por ejemplo, descubrí que todas las líneas venían a la par. ¿Por qué?  Pensé que debía tirar la mía de manera que pasara aquéllas o estuviera antes. Porque si arrojaba igual, el pejerrey tendría que ir sorteando todas las boyitas para ir a picarme en el medio, justamente, a mí. No era extraño que los dos que estaban en la punta siempre pescaran más: el pez entra más de un lado u otro, de acuerdo con la correntada. Por lo tanto, yo tendría que llegar temprano y, si estaba  de creciente, ponerme en la punta de creciente. Así recibiría primero a los entonces peces. Si el río se hallaba en bajante, me ubicaba en la otra punta.

El éxito de este recurso me enseño que el pejerrey se enfrenta a la correntada. Si ella corre para la izquierda, el pez viene de izquierda a derecha, y viceversa. Todo un detalle.

A pesar de mi corta edad, comencé a anotar cada cosa nueva que aprendía u observaba. Aquello de la corriente fue lo primero. Inauguré un cuaderno Laprida, tipo escolar, que todavía tengo guardado. En las páginas está también el descubrimiento de los distintos tipos de lombriz.

Por entonces se encarnaba siempre con lombriz o carnada blanca salada. Pero cierta vez en que todos teníamos pique, uno sacaba y sacaba más que nadie. Entonces me acerqué a curiosear su carnada. Vi  que eran lombrices que se llamaban “de basura”, bien coloraditas, y distintas a las “ de gallinero”. Por entonces había muchos gallineros en Buenos Aires y las lombrices de ese lugar eran diferentes. Probablemente se debía a la alimentación, lo que hacía que al apretarla saliera un juguito amarrillo y bastante fuerte.

Pasé los dos o tres días siguientes buscando lombrices coloradas por las vías y terrenos baldíos. Hasta que la encontré, cerca de un lugar donde se tiraban desperdicios. A la mañana siguiente fui a pescar, chocho de la vida, con dos tipos de lombriz. Fue todo un éxito: el pejerrey grande comía la lombriz blanca y el chiquito prefería la colorada.
   

Acababa de hacer otro descubrimiento, mínimo quizá. Tal vez todos los pescadores viejos lo sabían, pero para mí era una novedad que no tardé en anotar en mi cuaderno. El que, por otra parte, ya se estaba convirtiendo en mi diario de vida. Mi vida era la pesca….

Continuaron anotaciones sobre la morenita, la madrecita, la mojarrita, el filet….Pero si hubiera seguido pescando y sólo pescando, no habría podido observar. Tal vez hoy persistiría en la lombriz blanca y, quizá, pensando que no podía avanzar más.

Claro que aquéllos eran buenos tiempos: había mucho para observar. En un muelle o murallón se juntaban 150 ó 200 personas cada sábado o domingo. Casi todos tenían boyas coloradas- nadie imaginaba siquiera las flúo de hoy -, y podían aparecer algunas amarillas, blancas, negras o verde inglés.

Las líneas venían armadas de Inglaterra, con hilo Catgut, esmerillones, alambre de bronce, anzuelo Pen Limery 3333 (¡viejísimo: ¡ hoy se podría pescar pacú con él), y tapita a los costados de la boya, para que el corcho no chupara y no pesara más. Cuando semejante conjunto se tiraba al agua, parecía un sonajero.

Con mi papá teníamos dos líneas: una negra y una verde. Siempre me daba la verde, pero me costaba verla. Un día detecté que un pescador de la punta pescaba y pescaba. Seguramente tendría que ver el efecto de la correntada que ya comentamos, pero…. Esa vez intuí que se trataba de algo más. Me puse a su lado: cada diez u ocho piques suyos, yo tenía uno o dos. Además, cuando él levantaba, yo tiraba en el mismo lugar, teníamos idéntico largo de brazolada. Pero nada: ¡él seguía pescando mucho más que yo¡ La única diferencia era el color de las boyas. Blanco. Y nunca más me separe de ese color.

Creo que es fundamental: el blanco atrae a los pejerreyes. Pero por sobre todo, su importancia es psicológica.

Con el blanco estoy seguro de que voy a pescar. Y como en todo esto la estática juega mucho y la tensión nerviosa se trasmite a través de las cañas (la fibra y el carbono son excelentes conductores, lo mismo que el nylon), todo va a parar en la línea. Por lo tanto, el blanco siempre me dio resultado.

Nunca lo cambié, ni encuentro una razón para hacerlo ahora. Quizá cuando la encuentre, lo cambie….

Porque de aprender todos los días se trata, al fin y al cabo.

Por Máximo Ortega